IGNACIO PINAZO:
EL GESTO Y LA MIRADA EN LOS APUNTES DE PAISAJE
Textos: Lola Soto Vicario
Ignacio Pinazo Camarlench (Valencia, 1849 - Godella, 1916) se acercó a la pintura y se adentró en ella, y la amó de manera callada, honda, ensimismada, recluido en la tierra de Godella, en su casa y su jardín, para pintar como no se había pintado antes, sin apenas haber viajado, tan sólo siguiendo y escuchando a su ser interior.
Hemos mirado, hemos visto en tantas ocasiones sus apuntes de pequeño formato, inestimables, delicadísimos, pequeñas joyas con una expresión única, brillante, decidida, suelta, segura, con un nivel de abstracción que alcanza las cotas más altas de la pintura de su tiempo calladamente, sin ser casi nada, a través de unos cuantos trazos sobre las tablillas, el cartón o el papel.
Observamos que cuanto más rápida es la ejecución , mayor es el nivel de síntesis de la forma y el color; así de clara y prodigiosa es su capacidad de esbozar de la realidad más cercana. La mancha se hace completamente autónoma, funciona por sí misma, no responde en absoluto a una copia ni a una imitación de un referente natural, sino que adquiere una misión básicamente plástica dentro del cuadro. Pinazo lo ha observado todo con atención, ha apresado, ha hecho suya una sensación, una emoción, y luego, olvidando el modelo, la dibuja o la plasma con color, con audacia y profundo sentir. El natural Pinazo lo ha visto y lo ha sentido previamente, y después se detiene y lo hace pintura convirtiéndolo en signo, en grafismo y mancha, al margen de la representación figurativa.
Ignacio Pinazo. “Paisaje”. 1887
Ignacio Pinazo. “La enramada”. 1890
Su pintura de pequeño formato se desvincula totalmente de cualquier dicción cerrada, del contorno que aprisionara el color, que lo encierre y lo hiciera introspectivo y contenido. Por el contrario, la pintura fluye libre en Pinazo, sensualmente, emotivamente, es pintura hecha a base de pincelada pura y sensible.
Y en las obras ya no importará el contenido formal, el tema, sino la sensación pura, lo visualmente vibrante, lo que está vivo en la naturaleza y a lo que Pinazo le infunde aún más vida dentro del cuadro. Dejará aparecer, surgir, el fondo coloreado o ya envejecido de la propia madera de la tabla, que aporta una nota cálida al conjunto y le sirve para construir una ambientación, una unidad tonal.
Dejará también transparencias, con el óleo diluido empleando más medio, inventará texturas frotando el pincel con poca carga, creando variadas densidades, lo diluido junto a la mancha más densa y opaca, y se atreverá a emborronar abiertamente, desistiendo de corregir u obtener un resultado meramente “bonito”, dejando inacabadas algunas siluetas, a medio decir, a base de contornos abiertos y sin construirlas del todo.
Ignacio Pinazo. “Paisaje de playa”. 1885?
Es una pintura sin retoques ni añadidos, una pintura que está plenamente viva, hecha de manchas imprecisas, de pincel tembloroso, visualmente móviles, sensitivas. Y si definiera alguna zona, Pinazo recurre a esos grafismos finísimos de pincel, caligráficos, casi orientales en su esencia, a menudo empleando el negro, dibujándolos al aire, muy intuitivamente, definiendo apenas un detalle aislado, como un punto de apoyo para la mirada o una variación dentro del cuadro. Sabiamente combinará estos sutiles y breves trazos con el poder colorista de manchas más amplias generosamente aplicadas, con brocha o espátula; es en definitiva el aprovechamiento del azar equilibrado con el más absoluto control y dominio del pincel.
Ignacio Pinazo. “Merienda en la playa”. 1886
Ignacio Pinazo. “Barco de vapor”. Sin fecha
Ignacio Pinazo. “Calle de Godella”. Sin fecha
Vemos que todo viene expresado en su justa medida, sugiriendo, tanteando, esbozando, dejándolo deliberadamente a medio pintar. Lo que aparece pintado se encuentra en una perfecta armonía, en un equilibrio impecable dentro de la composición, lo denso y lo fluido, el dibujo y el color, las luces y las sombras, lo frágil y lo vigoroso.
Y también Pinazo a menudo vislumbrará en una lejanía, en una penumbra, en un contorno perdido, el infinito, y lo hará también pintura. Lo inasible, aquello que se encuentra más allá de la pintura, del horizonte y de los cielos inabarcables y que tan bien supieron pintar los románticos ingleses y alemanes.
Lo percibimos, sobre todo, en muchas de sus lejanías pintadas, en sus celajes a medio construir, en un horizonte de mar, en lo difuso de un paisaje nublado que se adivina en la distancia. Pinazo sabe pintar el color de la melancolía con las tonalidades más ajustadas, muy parco en grises, sienas y azulados. En lo indefinido, en lo inacabado, en lo difuso, en las zonas fundidas con las sombras, en lo que se deshace y desaparece en los horizontes, ahí está el infinito de Pinazo, también en él, como en el Romanticismo.
Ignacio Pinazo. “Anochecer en la playa”. Sin fecha
Ignacio Pinazo. “Paisaje con lluvia”. Sin fecha
De esta manera, pintará lo invisible a los ojos, lo que no es evidente ni el paisaje ni en la tierra, su propia esencia, el color del aire mismo. Y lo dirá todo en voz baja, casi en un susurro, sin artificio ni grandilocuencia, sino siempre con actitud sincera y medios muy modestos y escuetos, en cartones o tablillas de madera, o en cualquier pedazo de papel.
Por sus impresiones de luz, a través de la mancha móvil, sensible y vibrante, Pinazo es un pintor manchista y nunca impresionista, está muy cerca de aquellos macchiaioli italianos del XIX, en ocasiones mucho más audaz y abstracto, y pensamos que aún más delicado y sutil que Sorolla, más humilde, más modesto en su hacer, en sus formatos y en su talante artístico en general.
Construye las formas destruyéndolas, sí, pero siempre de una manera acertada, controlada, sin que nada resulte desproporcionado, disonante o grotesco, sino armonioso y grácil, ágil y palpitante, hecho de pinceladas fugaces, las necesarias, no hay nada de más o puesto al azar. Todo en su pintura se nos revela en su justa medida y con una razón de ser dentro del espacio del cuadro. Y son los espacios vacíos tan indispensables para que la pintura respire, y tan elocuentes y expresivos como en una pintura oriental, con los delicados grafismos negros salpicados por toda la composición como elementos esenciales de contraste que nos permiten percibir mejor el espacio de lo representado.
Las figuras a menudo son transparentes, son meros gestos abstractos del pincel que se funden con su fondo, desaparecen en él, son breves pretextos para desplegar una infinidad de recursos gráficos que evocan una historia en una playa, en el mar o en un jardín, levemente esbozados sus trazos con la espátula o el pincel. Las figuras de Pinazo, apenas definidas, son como sombras evanescentes que pasan por un paisaje, por delante de un fondo neutro o se quedan en él, se deslizan, surgen y desaparecen en los amplios fondos de color.
Ignacio Pinazo. “Figuras”. Sin fecha
Ignacio Pinazo. “Escena de calle”. 1886?
Ignacio Pinazo. “Barca en la playa”. 1886
Cuánto atrevimiento en algunos de estos fondos apenas esbozados con trazos intuitivamente aplicados, con huellas o restos de color tan deshechos, en ocasiones sin apenas pintura. Son fruto del omitir más que del añadir, del sacrificar pintando, del saber mirar y seleccionar antes, deteniéndose a quedarse tan sólo con lo esencial, expresado siempre con medios sutiles y logrando una inmensa poesía visual.
La forma en Pinazo adopta un carácter ligero y aéreo, se vuelve vivaz, etérea y casi sin presencia; es la cumplida armonía de los signos pintados, la musicalidad hecha pintura, el encuentro pleno entre el dibujo y la pintura, la conjunción perfecta del trazo, el gesto y la mancha móvil. En el pequeño apunte realizado con medios gráfico-pictóricos, el pintor nos regala la vida misma filtrada magistralmente por su personalidad, contada en escuetas imágenes, traspasada por su propia emoción más verdadera y su hondísimo sentir de artista.
“La belleza está en el que la siente. O es el ojo que la mira. Todo es bello para el que posee este don. El que sabe, no puede dejar de saber. El supremo saber tiene la sensibilidad de adaptarse, de inmiscuirse, de identificarse en el espíritu de la naturaleza; y esta suprema compenetración es la belleza.
El que comprenda la naturaleza como yo, sabrá pintar lo que yo pinto.”
IGNACIO PINAZO
BIBLIOGRAFÍA
Catálogo Ignacio Pinazo. El paisaje marítimo. IVAM. Generalitat Valenciana. Valencia, 2006.
Catálogo La Imatge del Pensament. El Paisatge en Ignacio Pinazo. Fundación Bancaja. Valencia, 2001.
WEBSITES CONSULTADAS
https://www.flickr.com/photos/gva_ivam/albums/72157633255075063
Las conclusiones de este estudio son originales de la autora y están basadas en la observación directa de las obras de Ignacio Pinazo en diferentes museos, instituciones y exposiciones. Las imágenes que ilustran este estudio se han obtenido de la bibliografía y las websites citadas anteriormente.
Lola Soto Vicario es artista y Doctora en Bellas Artes por la Facultad de Bellas Artes de San Carlos de Valencia (Universidad Politécnica de Valencia).
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